“Las personas mayores piensan que solamente ellas comprenden la melancolía, la nostalgia y los sentimientos temporales, porque resulta imprescindible cumplir muchos años para emocionarse delante de un atardecer, una fotografía o un reloj. Pero no es verdad. Los niños mantienen también sus conversaciones con el tiempo y esconden a veces una gota de melancolía en los ojos…”. 

Extraigo el texto de las Lecciones de Poesía para niños inquietos de Luis García Montero. Lo releo una y otra vez con emoción porque desmonta el peligroso axioma de la infancia siempre feliz, ese esquema predeterminado que nos hemos creído los adultos para justificar nuestra falta de franqueza y de valentía. Porque el mundo infantil –todos podemos regresar a él a través de la memoria– está también plagado de anhelos y temores, de momentos de soledad, de cambios y separaciones, de silencios..., incluso en los actos más cotidianos. Nos falta admitir con naturalidad que la infancia, como etapa de la vida, discurre en el mismo escenario diverso y múltiple, donde no siempre se da la felicidad.

Recuerdo a una mujer mayor obsesionada con la risa: “¡Ríe!”, decía de continuo a su pequeña nieta, que improvisaba, obediente pero triste, una efímera mueca para luego alejarse corriendo: jamás quiso ver detrás de la seriedad de la niña, pues hubiera descubierto en ello algo tan natural como el anhelo de pasar más tiempo con su madre. Y recuerdo a una inteligente doctora que desmontó en dos segundos lo que yo asumía como teorema: “la infancia y la juventud –dijo en una entrevista– no siempre son las etapas más felices en la vida”, algo que, por otra parte, me venía apuntando mi propia experiencia.

A todos esos niños inquietos que intuyen por sí mismos lo que eludimos nombrar los adultos, García Montero les da algunas claves implícitas en la poesía nada baladíes: les dice por ejemplo que el mundo es una conversación larga, que la vida es como un juego donde se repiten obstinadas las mismas experiencias, que la poesía no consiste en usar diminutivos que rimen, que la palabra “palabra” es blanca y admite mil contenidos, que también con las palabras se puede hacer mucho daño… y que cuando pasan los años, todo lo grande se vuelve pequeño y lo pequeño, de pronto, adquiere mayor dimensión, porque en eso consiste crecer.

Todo esto cabe en la poesía infantil, todo puede estar contenido sin necesidad de explicitud. Incluso los niños pueden encontrar respuestas certeras en la simple forma de nombrar de los poetas, y comprender mejor el mundo en el que crecen. Subestimar su afán de saber y comprender el entorno, eludir hablar de experiencias y emociones que están presentes es nuevamente un error por nuestra parte. La poesía inteligente, completa, inquieta... también es para los niños.