En un pequeño libro de ensayo, el escritor y crítico francés Michael Crepú se refiere al efecto exótico y de extrañeza que hoy suscita el acto silencioso de la lectura. Del gran juego de Internet deviene nuestro caos ambiente, y Crepú insiste en lo que repiten los sociólogos: que nunca han sido tan fáciles las condiciones del saber y que nunca han sido tan improbables las posibilidades de hacer de él un arte.

Porque si hoy es posible en segundos adentrarse en el Museo del Prado, o zambullirse en la biblioteca de Oxford, o incluso recorrer con detalle una avenida parisina sin moverse de la silla, lo que falta es la paciencia, el silencio; falta, sencillamente, el tiempo. Y el efecto de esta realidad efímera en la lectura y los libros es casi de ensañamiento: recogerse en silencio a leer o quedarse tres días encerrado escribiendo se ha vuelto una rareza.

“Lo más increíble hoy –apunta Crepú– es el espectáculo de un chiquillo que corre a refugiarse a la sombra de una cabaña con su libro. Al niño actual ni se le ocurre meterse en la habitación a soñar despierto, abrir una novela por cualquier página, dejarse hipnotizar por el misterio de los caracteres. Lo esperan en todas partes, la tribu lo llama sin parar: a judo, a violín, al club de teatro, ¡hasta a la biblioteca! La experiencia de la soledad, de la mirada posada en la ventana sobre los tejados, la experiencia de esa tristeza tan extraña y dulce que está en el fondo de todos los libros como una luz de sombra, esa experiencia capital en la que consiste la iniciación al mundo y a la finitud, esa experiencia se ve como impedida, incluso prohibida”.  

Ese vicio todavía impune. Michael Crepú (Siruela)