Las decenas de casetas del Paseo del Retiro echaron sus persianas; adiós a otra Feria del Libro. El lunes 8 de junio era un día de semana, simplemente, y aunque siempre hay gente en Madrid, el verdadero bullicio, cuando los autores “de prestigio” se dejan caer por allí, es de viernes a domingo. 

Pero el lunes fue nuestro día, y ocupamos el sitio asignado, por segundo año. ¡Gracias Laura y Alberto! Guardándonos del calor, la sombra de un cedro inmenso. Cuando comenzó el trajín, el tiempo se fue de las manos, y pasaron por allí profes de Guatemala; tías, abuelas y hermanas en busca de alguna ilusión; una actriz encantadora, una arquitecta, una contadora de cuentos, una madre pizpireta (que descubrió nuestros libros en la Feria de Madrid pese a vivir en Bueu), un hombre con traje y corbata… ¡Todos se llevaron alguno de nuestros relatos!

Pero fue después de la Feria, de retirada, cuando volví a pensar en Gabriela, la pequeña de ojos claros que surgió de entre la nada, subida en una banqueta. Gabriela casi no hablaba –con apenas cinco años–, aunque su mirada azul en medio de aquel trajín fue una brisa inesperada y deliciosa. Porque Gabriela guardaba una historia: érase una noche oscura, silbaba el viento; una niña quedó sola bajo el negro firmamento... Mas la diferencia entre la pequeña Gabriela sin madre y la niña que yo fui es que existe un hombre amable, tan sabio como un delfín, que la cuida y la cuidará siempre.

Bajo aquel inmenso cedro –y fue de repente–, surgió mi infancia de nuevo… ¡pero había tanta gente pululando por allí!